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Sobre lo inconsistente y lo incompleto

Santiago Alba Rico 13/01/2020
Este texto es la elaboración de dos intervenciones del autor en el IX seminario Arquitectura y Pensamiento que, con el título “(re)construir, (re)habitar, (re)pensar” y organizado por el Grupo de Investigación en Arquitectura y Pensamiento de la UPV, se celebró en Valencia el pasado 12 de diciembre de 2019.

Las cosas –los cuerpos– tienen valor porque las esperamos y las cuidamos. Así que hablar de un mundo sin tiempo de espera y sin atención es hablar de un mundo sin “valor”
El capitalismo neoliberal, altamente tecnologizado y radicalmente especulativo, sin materia y sin fronteras, se mueve entre lo inconsistente y lo incompleto[1].
Por un lado no deja ni rastros ni monumentos; por otro lado sólo produce, de manera directa e inmediata, ruinas. O, si se prefiere, escombros. 
Veamos el punto 1: la inconsistencia. Cuando Marx escribía en el Manifiesto Comunista que “lo sólido se disuelve en el aire” hablaba de valores y vínculos desbaratados pero anticipaba también, sin saberlo, la fase inmaterial del capitalismo, que es la nuestra, en la que la velocidad tecnológica y mercantil, con sus consecuencias ecológicas y antropológicas, disuelve las sociedades en un permanente proceso destituyente. Nuestra época se dedica, como ninguna otra anterior, a un febril consumo (es decir, destrucción) de consistencias, lo que incluye también una febril demolición de edificios; nuestra época es la primera de la historia que no distingue entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar y la primera de la historia, por eso mismo, que no deja ruinas. “Dentro de cien años”, dice el urbanista y sociólogo Richard Sennet, “la gente tendrá una evidencia más tangible de la Roma de Adriano que de la Nueva York de fibra óptica”. En ese sentido, en un comentario a una exposición del artista Txuma Sánchez, reflexionaba yo en 2004 sobre las ruinas, a las que atribuía un doble poder (de revelación y de rebelión) a partir de las cinco “radicalidades” enumeradas a continuación:
– A través de la ruina –decía– “recuperamos los materiales de construcción, reprimidos, ocultos y olvidados en el cuerpo del edificio”. En la línea siempre ascendente del progreso –es decir– se nos cruza de pronto la ingenuidad del comienzo, la reversibilidad espacial del destino, el trabajo a ras de tierra. Se nos revelan, por así decirlo los límites del terreno y su carácter aproximativo, la dificultad y necesidad de medir en un mundo en el que lo más fácil e imperativo es siempre calcular. Me gusta mucho que el arquitecto García Solera insista en esta necesidad de medir con las manos –o con un metro, que es lo mismo– recordando así que la arquitectura es la menos exacta de las disciplinas porque tiene que asentarse en el espacio, siempre irregular, y porque sus construcciones, en consecuencia, están siempre a punto de caerse. Este “estar a punto de caerse” es la conciencia íntima de los materiales y de la orografía; y esta intimidad, olvidada por el que habita la casa o visita el edificio, tiene que aspirar a durar. La ruina, paradójicamente, al exponer a la luz la intimidad de la casa, evoca esta duración. Esta ha sido, digamos, la lógica insuperable durante milenios: un edificio estaba a punto de caerse durante tres, cuatro, diez siglos, y luego, al venirse abajo, dejaba su historia despellejada ante los ojos, a veces como nostalgia pero en todo caso como genealogía y memoria. La diferencia entre “medir” y “calcular” es importante, pues cabalga otra no menos importante: la que existe entre imaginación y fantasía. La imaginación mide, la fantasía calcula. Esa razón calculadora contra la que Heidegger escribió tantas páginas definitivas, en realidad está loca. A esa locura la llamamos capitalismo. Una ciudad “calculada” se vuelve finalmente inhabitable y, por lo tanto, irracional.