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El fin del cautiverio de las esclavas yazidíes: “Hemos salido del infierno”

LLUÍS MIQUEL HURTADO 8 marzo 2019
Los yihadistas consideran “infieles” a las que pueden esclavizar, violar y matar. Sin embargo, el final de su calvario está cerca en Siria tras la derrota casi completa del pseudocalifato.

Cerca de 3.000 personas, la mayoría niños y mujeres, abandonaron Baguz, el último pedazo de pseudocalifato del Estado Islámico, durante la pausa humanitaria de la semana pasada. Entre ellas, había numerosas extranjeras, como la británica Shamima Begum, quien asegura no arrepentirse de haberse unido al IS, e incluso piden un billete de vuelta a casa a través de los medios. También mujeres locales en estado de shock, marcadas de por vida tras cuatro años y medio de calvario como esclavas de los radicales: las yazidíes.
“Hemos salido del infierno”, confiesa una joven yazidí al periódico The Washington Post desde Al Hol, el campamento que acoge a la mayoría de desplazadas. Mucho tiene que haber sufrido para que la cautividad sufrida les parezca peor que el saturado Al Hol, donde, según la ONU, 90 personas, un tercio de ellas niños, han muerto en las últimas semanas por hipotermia, neumonía o inanición. Junto a ella, hay otras correligionarias esclavizadas, así como niños, de la misma comunidad, explotados para combatir.
Las yazidíes son una minoría religiosa de ascendencia kurda oriunda del noroeste de Irak. En su desvarío fundamentalista, el IS las considera “infieles” a las que puede esclavizar, violar y matar. Por eso, el agosto de 2014, los radicales se abalanzaron sobre el monte Sinjar, su hogar, y provocaron lo que hoy se denuncia como un genocidio. Más de 360.000 yazidíes tuvieron que huir de la amenaza del también llamado Daesh, según el Gobierno iraquí. 6.417 fueron secuestrados y sólo 3.371 de ellos han recobrado la libertad.
Baseh Hammo es una de los 47 yazidíes que acaban de ser rescatadas en Baguz. Tenía 38 años cuando los apocalípticos la arrancaron de su hogar. Explica a la agencia Associated Press que abusaron sexualmente de ella y la violaron; fue vendida 17 veces entre miembros del IS y trasladada de una ciudad a otra a lo largo de los vastos dominios que llegaron a tener, entre Irak y Siria. En la ciudad siria de Raqqa, dice, sus dos sobrinos, de doce y trece años, iban armados, servían de guardas para un alemán y renegaron de su fe.
El efecto del lavado de cerebro al que sometió el IS a sus ‘cachorros de la yihad’ -muchos de ellos niños yazidíes apartados de sus padres para liquidar su pasado- puede apreciarse en uno de los vídeos compartidos estos días por fuentes de la fuerza aliada que está derrotando al Estado Islámico. “¿Ocurrió algo en Sinjar?”, pregunta un chiquillo andrajoso recién salido de Baguz. “Sinjar te está esperando”, le responde una miliciana kurda.
Y, sin embargo, Sinjar sigue dejada de la mano de Dios, por las luchas entre facciones políticas rivales y la falta de ayuda internacional para paliar el drama sufrido por las yazidíes. Ahmed Burjus, coordinador de la ONG Yazda -lanzada por la Nobel de la Paz 2018, Nadia Murad– es pesimista. “Estamos perdiendo la esperanza. Esperábamos que muchas más yazidíes serían liberados tras la derrota del IS, pero, desafortunadamente, ha sido un pequeño grupo. Unos 3.000 siguen desaparecidos”, aclara.
“NO HAY UN PLAN DE ACCIÓN”
Burjus lamenta que “no hay un plan de acción para encontrar” a quienes siguen en paradero desconocido.Subraya que algunos de ellos podrían incluso integrar el flujo de desplazados que estos días ha abandonado Baguz, pero que no se han identificado como yazidíes. “Las mujeres salen cubiertas de negro y están aterradas, y a los niños les han lavado el cerebro”, razona. “Muchas no saben ni leer ni escribir, no saben cómo actuar. Temen que les acaben matando si dan el paso [y se identifican]”.
Baseh Hammo es una de las pocas que ha podido reunirse finalmente con sus familiares en suelo iraquí. Para ella y para muchos niños empieza ahora un largo camino hacia la recuperación, particularmente tortuoso porque, como miles de yazidíes más, tendrá que vivir en uno de los nueve campos de desplazados del norte de Irak. “No puedo ni tan siquiera mirar a nada que sea verde”, declara, por haber tenido que alimentarse de hierba durante las últimas semanas en el campo de batalla del Califato.
Los niños, adoctrinados en el fundamentalismo del IS y forzados a disparar hasta el último momento, se enfrentan a un destino similar. “Estaban aterrados”, dice a France Press Haifa Hasso, voluntaria de una organización que asiste en Irak a los yazidíes recién huidos de Baguz. “Cuando hablamos con ellos cierran los ojos, esconden sus rostros”, añade, hablando de un grupo de 18 críos, de entre diez y quince años, recién recibidos. “Lo peor”, concluye Burjus, “es que este horror puede repetirse mañana, dentro de unos meses o dentro de unos años”.